“Deja que camine tus fronteras y bese tus dunas, me aprenderé tu lengua, esa que ya es mía, besaré tus sales atlánticas y mediterráneas, Murakue, mi Murakue…” (Anónimo)

                         

Entrar en África por su norte más occidental, visitar Marruecos, solo puede hacerse con los cinco sentidos en estado de vigilia. El viaje va a llevar algunos días y sería extenso contarlo todo aquí, de modo que voy a señalar algunos puntos sobresalientes.

MARRAKECH

Como en otras ciudades marroquíes, pero sobre todo en Marrakech, abun-dan los palacios, mezquitas, lujuriosos jardines y laberínticos zocos, todos ellos exponentes de la cultura árabe que predomina en el país. Y el minarete rosado de la Kutubía, como un faro en pleno centro urbano de la ciudad imperial.

¿Qué experiencia no hay que perderse? La plaza de Jmaa el Fna, un ratito antes de la puesta de sol. Conviene buscar lugar en la terraza de algún barcito y, bebida de por medio, asistir al incendio fugaz del horizonte que marca el comienzo del espectáculo nocturno. Es entonces cuando la plaza se ilumina e in-vita a un paseo nocturno por el zoco, lleno de tienditas con productos regionales (regateo obligatorio), y a una cena diferente, aprovechando los muchos puestos de comida donde animarse al tayín o el cuscús, beber un té de hierbas y probar algún dulce típico marroquí.

DESDE LA VENTANILLA: LOS ÁRBOLES DE CABRAS

De pronto, a metros de la ruta vemos árboles poblados de cabras, como extraños frutos de una naturaleza imposible. Son árboles de argán de cuya semilla se extrae el aceite llamado “oro líquido” y muy utilizado en la industria cosmética. Las cabras se alimentan y ayudan a desprender los frutos para su recolección. La compra de cremas o lociones a base de aceite de argán se convierte en un nuevo objetivo.

EL DESIERTO

El primer tramo, recorrido en vehículos 4 x 4, nos deposita en una tienda bereber donde compartimos una taza de té mientras la arena empieza a levantarse y a golpear como un oleaje dorado y seco. Seguimos viaje rumbo a un horizonte de dunas y llegamos al sitio donde nos esperan los dromedarios, esos curiosos animales antiguos y majestuosos como el paisaje que nos rodea. 

¿Cómo negarse a experimentar el bamboleo sereno de la montura sobre un mar de arena? ¿Cómo no evocar al Principito quien, alguna vez, nos reveló “el más bello y más triste paisaje del mundo” y nos alimentó la curiosidad por este destino extraordinario? 

Para terminar: cena típica y algo de música regional en una hospitalaria “jaima” bereber. Las estrellas florecen como nunca. O como siempre, quizás, en la soledad profunda y grata del desierto sahariano. 

DESDE LA VENTANILLA: LOS OASIS

En viaje hacia el sur, aparecen los grandes oasis con miles de palmeras, oasis   encallados como verdes embarcaciones en el desierto rojizo. Marruecos sor- prende y respira por sus pulmones vegetales

CHAOUEN

¿A qué debe Chaouen (o Chefchauen) su identidad de pueblo azul tan atractiva como desconcertante? La respuesta es una suma de hipótesis que van desde motivaciones religiosas y la nostalgia por alguna patria lejana hasta el pragmatismo de ahuyentar el calor y los mosquitos. Pero ¿qué importa la causa del azul cuando su consecuencia es un enclave encantador, distinto y mágico como recién escapado del fondo del mar? 

Chaouen pide ser caminado, explorado en sus tiendas, sus desniveles y el entramado añil de sus pacíficas callecitas.

Se dice que los enigmáticos felinos eligen los sitios con mejor energía y el pueblo azul, donde un gatito bosteza o duerme en cada esquina, debe ser un lugar tan magnético para ellos como parece a nuestros desmañados ojos.

DESDE LA VENTANILLA: LOS NÓMADES

Alguna tienda dispersa en las estribaciones de las montañas y un pequeño rebaño pastando en cercanías señalan el asentamiento, transitorio quizá, de alguna familia bereber. Fueron nómades y se dice que ya no lo son. En este caso, los nómades estamos detrás del vidrio y el viaje continúa.

TÁNGER

Blanca, luminosa y costera, Tánger, acaballada entre el Mediterráneo y el Atlántico mira a Europa, pero defiende su identidad. El francés, el español y el árabe conviven y cuentan un poco de la agitada historia de esta ciudad codicia-da por su estratégica ubicación en el Estrecho de Gibraltar. También conviven en Tánger mundanos y confortables hoteles con barrios tradicionales y con una medina antigua y bulliciosa donde las especias despiertan el duende gastronómico de cada quien. 

 Una caminata por la playa, un vislumbre de la costa española en el horizonte, ver encenderse Tánger en el atardecer, pequeños placeres con que nos regala Marruecos. Inolvidable. 

Un mediodía de junio, mis amigos y yo llegamos a Marrakech en un vuelo de dos horas desde Madrid. El trámite en Migraciones nos proveyó de un papel con un sello y número que es preciso conservar para devolver en el final de la estadía. Y, antes de dejar el aeropuerto, aprovechamos para hacernos, cambio mediante, de algunos dírhams, la moneda marroquí. Cumplidos estos trámites, salimos a respirar el sol de Marruecos, a beber su aire cálido y espeso, a transitar Marrakech, conjunción de confort occidental y atmósfera exótica de “Las mil y una noches”.

Maria Diez

adrogue@ttsviajes.com

+54911-3193-1150

 

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