“Ella es toda de aire y de agua fina. Un recuerdo de sal, de horizontes perdidos,

 y una espuma de barco naufragado le ciñe la cintura.”

Dulce María Loynaz

¿Quién no suspiró, alguna vez, por unas vacaciones en las islas del Mar Egeo? ¿Cómo sustraerse al encanto de las imágenes que, desde la gráfica y los videos alienta el deseo de visitar esas tierras? La mayor parte de las más de mil islas griegas se encuentran en el Egeo, entre las últimas costas de Europa y la entrada al Asia Menor. Un crucero por la zona puede ser la opción a la hora de iniciarse en el conocimiento de la soñada Grecia insular. Aquí van unas pinceladas surgidas de un recorrido por cuatro de esos tentadores destinos.

PATMOS

Al desembarcar, nos recibe una costanera festoneada por bares y tabernas. La música griega llena el aire con acordes de buzukis que evocan a antepasados míticos como la lira y la cítara. ¡Qué placer produce caminar por esa costa que se convierte en delgada playa antes de sumergirse en el mar! Los bañistas forman parte del paisaje y, a lo lejos, la figura imponente de algún crucero se mece imperceptiblemente. Es un buen momento para el chapuzón inaugural en el mar azul profundo que se ofrece manso desde la orilla.

Pero Patmos nos invita a más. Damos la espalda a su playa y nos adentramos en callecitas donde conviven las paredes encaladas y el azul celeste de la madera. En los patios, el verde de las enredaderas y de magníficos helechos nos recuerda que Perséfone disfruta de su período anual sobre la tierra y la naturaleza se prodiga en colores y perfumes para halagarla.

Patmos respira tradición helénica e invita a relajarse disfrutando un cafecito sentados a la mesa de cualquier bar (Al estilo griego, con borra, por favor).  Mientras tanto, en lo alto, el Monasterio de San Juan recortado contra el cielo y la Gruta del Apocalipsis, encerrada en la montaña y en su hálito místico, conviven con el mundo pagano de las evocaciones.

El encanto de Patmos reside en su carácter lánguido, en los desniveles cómodos de sus calles, en la bonhomía de los isleños… Una oferta inesperada de virtudes que alientan los deseos de volver. 

RODAS

Famosa por haber sido el emplazamiento de una de las siete maravillas del mundo, Rodas guarda sorpresas suficientes para no extrañar al legendario coloso. Los dos destinos imperdibles en la isla son el pueblo de Lindos y la ciudad medieval.

Blanco y deslumbrante, Lindos vive retrepado sobre la ladera del monte Krana. A sus pies, una bonita playa en forma de herradura y varios metros más arriba, como un vigía impasible, la Acrópolis (segunda en importancia tras la de Atenas) completa la extraordinaria postal del lugar. 

Los senderos del pueblo son estrechos, sinuosos, flanqueados por construcciones con reminiscencias marineras. Las paredes pintadas a la cal aportan el color predominante y, detrás de cada fachada, se insinúan patios abiertos al sol y al aire tibio y liviano de la isla. La profusión de tiendas y bares son postas inevitables para los bolsillos y la sed de todo viajero. En lo alto nos espera un enclave arqueológico monumental, con restos de origen griego y romano y, en la cumbre, unas vistas inolvidables de la preciosa Rodas emergiendo del mar. Una curiosidad: para quienes no se sientan capaces de hacer la ascensión a pie, existe la opción de ir montado en los pintorescos burros de Lindos, transporte para nada convencional, pero efectivo en este tipo de paisaje. De todos modos la dificultad para la caminata es moderada. Con un buen manejo del ritmo y provisión de agua suficiente, se llega sin problemas a cubrir todo el recorrido.

Al noroeste, encerrada dentro de unas murallas asombrosamente conservadas, la ciudad de Rodas, Patrimonio de la Humanidad, invita a un recorrido por calles empedradas y con nombres ilustres como Sócrates, Aristóteles o Pitágoras, pasadizos de larga data, la plaza Hipócrates con su fuente central y un surtido de tiendas, cafeterías y restaurantes donde detenerse para observar el bullicioso ir y venir de viajeros que, como nosotros, celebran una breve estadía en la que es, según la mitología, la isla del Sol. Un contraste particular lo marcan los enormes cruceros que sobrepasan en altura a las antiguas murallas perimetrales como un palimpsesto donde se superponen, imponentes, el pasado y la modernidad.

CRETA

La más grande de las islas griegas guarda en sus entrañas los restos del laberinto más famoso, aquel que construyeran, según la mitología, Dédalo e Ícaro, a pedido del rey Minos, para encarcelar al Minotauro, y donde se adentró el valiente Teseo para dar muerte al monstruo con ayuda del hilo de Ariadna.

Como en casi toda Grecia, en Creta el mito y la historia se confunden, se entrelazan y ofrecen su versión arqueológica para que cada viajero la descifre en el tono que le plazca. Los restos de un palacio minoico, decorado al modo de aquella civilización datada hacia el siglo XXI a.C., entroncan directamente con el relato del monstruo con cabeza de toro, fruto del amor entre la reina Pasifae y un animal de esa especie.

El recorrido por los restos, profusamente coloridos, de la estructura palaciega nos conecta con esa literatura extraordinaria que la cultura griega heredó a los pueblos de occidente.

SANTORINI

Es difícil imaginar una postal más deslumbrante que la que ofrece la isla de Santorini. Ubicada a unos 200 km al sur de la Grecia continental, en el archipiélago de las Cícladas, Santorini es una de las joyas de la corona en lo que a destinos se refiere. Y vale la pena disfrutarla desde el momento en que el crucero se acerca al puerto, apreciar sus laderas escarpadas que llevan hasta Fira, la capital, y en una de cuyas cumbres marginales, como un faro blanco y azul, una pequeña iglesia con su tradicional campanario señalando el cielo.

Oia, el destino más solicitado, casi no precisa descripción; quien haya visto una imagen de Santorini, ha visto ese pueblo de construcciones abigarradas en desniveles difíciles de desentrañar. El blanco tan típico de las aldeas costeras predomina, junto con el azul, pero otros tonos pastel se suman a la paleta cromática que crece y se diversifica con las buganvilias de llamativo color magenta, rojo profundo o rosa pálido.

Santorini, con su forma de media luna, semeja una enorme águila posada sobre el espléndido mar Egeo y la vista no alcanza para capturar toda la belleza que la caracteriza. En los desniveles de su orografía asoman piscinas tentadoras, sofisticados hoteles o restaurantes, terrazas soñadas donde el sol habita cada mañana y se enciende hasta desaparecer en el último minuto de cada tarde. Y, como salidos de los cuentos de hadas, en uno de los extremos de Oia, los molinos de viento de Lioyerma y Glitzy suman espectacularidad a las imágenes

Disfrutar Oia es andar y desandar un laberinto de calles empedradas que se abren y trepan, encaracoladas, hacia espacios multiformes donde admirar el lugar y las vistas. Y es, también, sentarse en cualquiera de los barcitos para gratificarse con un té helado, o una fragante limonada y probar una dulcísima blaklava o algún otro pastel típico de la región. Es sabido que la memoria gastronómica también nos evoca la felicidad de haber estado y nos estimula a volver. Aunque, en el caso de Santorini, como canta Joaquín Sabina, “nos sobran los motivos”…

Maria Diez

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