“Ociosos retornaron los dioses a su hogar; el país de la poesía, crecido bajo su tutela, se mantiene por su propia inercia.” Friedrich Schiller

 

Si las islas son el canto seductor de las sirenas, el territorio continental de Grecia es la forja donde los tesoros relumbran para cautivar a los viajeros. 

Hacia el norte de Atenas, podemos adentrarnos en un circuito místico, que reúne lo mitológico y lo religioso. Vapores subterráneos, predicciones, antiquísimos templos paganos tienen su correlato medieval en recónditos monasterios olorosos a incienso y mirra, decorados por coloridos frescos bizantinos. Delfos y Meteora alientan, cada uno a su manera, la conexión energética y el regocijo espiritual. 

Para llegar a estos destinos desde Atenas, se atraviesa el Paso de las Termópilas, lugar de una famosa batalla ocurrida allá por el siglo V a. C y que se recuerda con una estatua de Leonidas, el rey espartano que con sus 300 guerreros (según la leyenda) enfrentó al numeroso ejército persa para cumplir la profecía del oráculo de Delfos y salvar a Grecia de una conquista segura. El lugar del tributo es modesto pero tiene su valor histórico. Y los argentinos solemos apreciar estos detalles que homenajean nuestra cultura general.

    La zona de las meteoras (rocas aéreas) o Meteora es un complejo religioso  formado por media docena de monasterios cristianos ortodoxos de fines de la Edad Media. El golpe de efecto lo provoca el hecho de que cada edificio se halla emplazado en lo alto de una roca, al modo de una ofrenda tendida hacia el cielo. A diferencia del complejo monástico del Monte Athos, donde la entrada a las mujeres está absolutamente vedada, en Meteora no hay restricción de género. Y, si no llevamos, como se exige, una pollera suficientemente decorosa, podremos elegir alguna del montón donde se apilan a la entrada de cada monasterio, en previsión de la indumentaria generalmente ligera o inadecuada de los viajeros. 

Cualquiera de estos centros espirituales es un viaje a otra época y a una forma de vida recoleta que siempre sorprende a quienes optamos por la hiperactiva existencia urbana. Además de recorrer cuartos y patios, pequeñas capillas decoradas a la manera bizantina y de admirar aparejos utilizados para resolver las cuestiones domésticas a lo largo de los siglos, es posible adquirir algún recuerdo en la tienda dispuesta por los monjes: imágenes religiosas en distintos soportes y materiales, literatura sobre el lugar, piedritas de incienso, fragantes velas hechas con cera de abejas son algunas opciones. 

   El plan, tras la visita, es pernoctar en Kalambaka, localidad al pie de las meteoras; un tiempo sereno para procesar lo vivido y la posibilidad de dormir bajo la tutela de los encumbrados monasterios.

   De vuelta hacia Atenas, hacemos un alto para consultar al oráculo más famoso de la historia y la literatura griega. En la ladera del Monte Parnaso, en Delfos, el complejo dedicado al dios Apolo Pitio mantiene su poder de convocatoria aunque ya no sea posible acceder a sus oráculos. Allí supo el rey Layo que el hijo por nacer tenía destino de parricida. Allí, el macedonio Alejandro manipuló –dicen - el mensaje de la pitonisa para llevar a sus generales a una batalla sobre la que tenían reparos.

   “Conócete a ti mismo” era la frase que presidía el templo antes de que parte de su estructura desapareciera para desdicha de la modernidad. Mandato nada fácil de cumplir y donde resuenan los ecos de los antiguos filósofos griegos.

   Más sencillo de obedecer es el mandato de llevar un calzado cómodo para recorrer el enclave arqueológico de Delfos que incluye, además de los restos del templo principal, el pequeño y reconstruido Templo de los atenienses, el teatro, el estadio y el museo donde ver, entre otras piezas, la esfinge alada de Naxos y el Ónfalo, piedra sagrada conocida como “el ombligo del mundo”.

    Almorzar en alguna de las tabernas de Delfos, en sus patios o terrazas, es otra forma del placer. Nuestro costado epicúreo, más que agradecido. 

    El regreso a Atenas por la ruta donde se muestra y se oculta el mar Egeo predispone para detenerse en alguno de los barcitos situados junto a la costa y regalarse un fragante café griego en un entorno reparador. Quien se anime, podrá descalzarse y contactar con el agua mansa y azul que lame morosamente la playita de piedras. 

   No es fácil conocerse a uno mismo, como pretendía el célebre oráculo, pero es bastante sencillo reconocerse viajero cuando todo conspira para acercarnos un poco más a la felicidad. 

   Otro circuito tentador se extiende desde Atenas hacia el sur, hacia la península del Peloponeso. Ese recorrido nos permite admirar esa obra de la ingenie- ría que es el Canal de Corinto, que conecta para la navegación los mares Egeo y Jónico. Y más allá, siempre con destino austral, un abanico de propuestas que incluye Micenas, un yacimiento arqueológico originado en el siglo XIII a. C. y que cuenta entre sus tesoros la tumba del rey Agamenón, aquel que, para recuperar a su cuñada Helena, encabezó la invasión que dio lugar a la guerra de Troya, sin sospechar que al regreso, otra mujer, la suya propia, lo mandaría derechito a servir a Hades en el inframundo. Según parece, no todas las esposas griegas se caracterizaban por la paciencia y el amor incondicional de la tejedora Penélope. O no todos los hombres eran tan imprescindibles como el valiente Odiseo.

   Imperdible es la visita al Complejo de Asclepio (dios de la medicina), Patrimonio de la Humanidad desde 1988, que, además del infaltable museo arqueológico, guarda en su interior el extraordinario Teatro de Epidauro, imponente con su capacidad para unos 14.000 espectadores y motivo de estudio, aun en nuestro tiempo, por la perfección de su acústica. Sorprende comprobar “in situ” cómo unas palabras dichas en tono mesurado en el punto central del escenario se escuchan claramente desde la última grada, a 70 metros de distancia.

    Si en el centro de Atenas se puede visitar el Panathinaikó, estadio olímpico de la era moderna, hacia el sudoeste del país, bien adentrado en la zona del Peloponeso, el complejo arqueológico de Olimpia, invita a recorrer la pista donde los atletas griegos lucían sus habilidades hace unos 3000 años. El pre-dio incluye, además, restos del Templo de Zeus y de otras dependencias vinculadas con el estadio, y el Museo Arqueológico de Olimpia, nutrida exposición de restos de la antigua civilización. El punto de partida para las competencias, claramente identificado en un sector de la pista, resulta un buen lugar para tomar impulso, aunque sea simbólicamente, para todo lo que aún nos queda por recorrer en esta Grecia generosa, cuna y simiente de la cultura occidental. 

     En sus marcas…, listos… ¡fuera!

Maria Diez -  Sucursal Adrogue 

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