"Ah, tú, no sentiste la fuga de los años  en la danza de las doradas horas de la Hélade.” Friedrich Hölderlin

 

Desde que empecé a tejer sueños viajeros, Grecia fue un objetivo incuestionable.  Mi formación humanística me había llevado una y otra vez, simbólicamente, a la tierra de Pericles y de Homero, a la patria de los dioses más erráticos y humanos que se pueda concebir, al país cuyas islas inspiraron algunos cuentos del admirado Julio Cortázar, a la cuna de la filosofía y de la democracia. Grecia fue un amor sin primera vista hasta que tuve la oportunidad de consolidar ese vínculo en varias visitas a lo largo de los años.  

El trayecto desde el aeropuerto Eleftherios Venizelos hacia el centro de Atenas nos pone en clima cuando, de pronto, la Acrópolis se materializa ante nuestros ojos y el Partenón, eterno y deslumbrante, nos da la bienvenida. Iluminado por el cielo siempre azul de Atenas (Según las estadísticas, más de 260 días de sol al año) o envuelto en las luces doradas que lo encienden al atardecer, el milenario templo crece a la vista del viajero y arranca los primeros suspiros.  

A la hora de elegir hospedaje en Atenas, mi preferencia está en la zona de Monastira-ki. Con su estación de metro, a pocas cuadras de la céntrica Plaza Sintagma, también muy cerca del Ágora, este barrio ofrece variedad de tienditas para comprar los típicos recuerdos griegos así como tabernas y restaurantes de todo pelo y color donde disfrutar la gastronomía local o internacional. Particularmente, me declaro fanática de la mediterránea y deliciosa ensalada griega ¿Y cómo no animarse al Moussaka, esa especie de sabrosa lasaña hecha con berenjena y carne de cordero, típica de Grecia y del Medio Oriente? De cualquier modo, hay de todo, como en botica.

Un detalle para tener en cuenta, varios hoteles y aparts de esa zona ofrecen terrazas orientadas hacia la Acrópolis. En algunas de ellas hay coquetos barcitos donde escuchar música y disfrutar una buena bebida con una vista inolvidable.

  A pocos metros de la plaza peatonal de Monastiraki, entrando por la calle Miaouli, se puede visitar un mercado de carnes y frutos donde se destacan los productos de mar y una polícroma variedad de aceitunas. Vale comprar algunos gramos y disfrutarlas durante la caminata.

Monastiraki es, además,  la puerta de entrada al barrio más antiguo y visitado de la capital griega: Plaka. Allí se multiplica la oferta de tiendas y restaurantes, y la antigüedad clásica es una presencia inmediata, porque Plaka bulle y respira en la ladera de la más famosa de las colinas atenienses, la Acrópolis.

Atenas requiere, al menos, un par de días para acceder a su principal complejo arqueológico (La Acrópolis, su museo y el Ágora) y para caminar sus barrios tradicionales. Pero la oferta no termina ahí: el Museo Arqueológico Nacional de Atenas es un catálogo de piezas que datan desde la prehistoria hasta la antigüedad y merece una visita. Alejándose un poco del centro (el metro finaliza su recorrido allí y tiene muy buen ser-vicio) se llega al Pireo, el puerto de Atenas sobre el mar Mediterráneo. Se puede caminar su costa, poblada de barcos de diferente tamaño y estructura, tomar un vasito de Ouzo (típico licor griego) en alguna taberna o un fragante café griego (disputado en su autoría con turcos y armenios) y, luego, rumbear (a pie o en taxi) hacia Mikrolimano, el puerto náutico, dependiente de El Pireo, para cenar en alguno de sus acogedores restaurantes costeros y mimarse, por qué no, con un plato a base de mariscos.  

En la zona céntrica, el Monte Licabeto y la colina de Filopappo, a la que se sube por un funicular que transita por su interior, ofrecen extraordinarias vistas de la ciudad. Lugares ideales para los cazadores de panorámicas.

 Personalmente, recomiendo darse tiempo en Atenas, recorrerla a pie, degustarla, sorprenderse con las pequeñas iglesias bizantinas, con los enclaves arqueológicos, con su hospitalidad relajada, con su particular sincretismo entre clasicismo austero y modernidad confortable.  

Hace pocos años, durante una visita a Grecia, encontré al país atravesado por una crisis económica que lo puso contra las cuerdas. La entrada en el Mercado Común Europeo le había impuesto unas condiciones que lo hicieron zozobrar. Fue la primera vez que vi gente en situación de calle. Sin embargo, las estadísticas afirman que Atenas es una de las ciudades más seguras de Europa. Y uno se siente seguro y a gusto caminando por Atenas a cualquier hora. La explicación me la dio un nativo del país: “La tasa de delitos es bajísima a pesar de la crisis, porque los vaivenes de la economía son coyunturales, van y vienen, y, en cambio, el delito es cultural. No hay, en Grecia, cultura del delito.” Sin saberlo, mi interlocutor me había dado un motivo más para admirar a ese viejo país, y la confirmación de que siempre vale la pena volver.

Maria Diez

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